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¿Traicionar a quién?

Hace poco, en medio de una conversación política, alguien me dijo algo que se me quedó dando vueltas: “Creo que se le olvidó por qué luchaba antes”. La frase no me molestó. Al contrario, me dejó pensando. ¿Se me olvidó? ¿Cambié? ¿Estoy defendiendo cosas que antes cuestionaba? ¿O simplemente sigo intentando hacer algo que debería ser normal en política: revisar lo que pienso a medida que la realidad me entrega nuevas preguntas y nuevas respuestas?

Pero, sobre todo, apareció una pregunta mucho más incómoda: ¿Traicionar a quién?

Porque si tener pensamiento crítico, reconocer lo que considero bueno venga de donde venga y cuestionar lo que considero equivocado, incluso cuando viene de alguien a quien apoyé, significa ser un traidor, entonces tendríamos que preguntarnos primero a quién se supone que le debemos lealtad. ¿A un político? ¿A un partido? ¿A una corriente ideológica? ¿A las personas que alguna vez estuvieron de acuerdo con nosotros? ¿O a aquello que creemos que puede mejorar realmente la vida de la gente?

Para mí, esa diferencia importa. He votado y seguramente volveré a votar por personas con las que no estoy de acuerdo en todo. Porque así funciona una elección. Uno no entra a un puesto de votación buscando una reproducción exacta de sí mismo. Escoge entre alternativas reales, con virtudes, defectos, propuestas que comparte y otras que probablemente no.

Mi voto, entonces, expresa muchas veces una simpatía mayor por una determinada visión de país. No significa aceptar la totalidad de las ideas de quien la representa. Y mucho menos significa entregarle mi criterio.

Creo que eso ocurrió con muchos colombianos en la última elección presidencial. Independientemente de cuál haya sido nuestra elección, tuvimos frente a nosotros alternativas concretas y escogimos. Algunos con entusiasmo, otros con dudas; algunos convencidos por un proyecto, otros descartando el que consideraban peor. Pero votar no debería convertirnos automáticamente en militantes de cada decisión posterior del elegido.

El voto entrega poder, no entrega el criterio.

Y aquí aparece algo que creo que hemos entendido al revés. Hablamos muchísimo del derecho al voto. Lo defendemos, celebramos las jornadas electorales, discutimos sobre participación y repetimos que votar es uno de los actos fundamentales de la democracia. Todo eso es cierto. Pero hablamos mucho menos de lo que ocurre al día siguiente.

Porque ejercer ese derecho también debería producir una responsabilidad. Si voté por alguien porque prometió hacer A, B y C, no veo por qué después de su elección mi trabajo debería consistir en justificar por qué no hizo A, explicar por qué B ya no era conveniente y aplaudir que finalmente hizo D.

Debería ser exactamente al contrario. Tengo que preguntar qué pasó con A. Tengo que evaluar qué ocurrió con B. Tengo derecho a entender por qué cambió C. Y si las circunstancias realmente cambiaron, escuchar las razones y reconocerlas cuando sean válidas. Eso no es oposición. Eso es ciudadanía.

De hecho, hay algo que quizá deberíamos comenzar a asumir con mayor naturalidad: a quien ayudé a llegar al poder debería exigirle más, no menos.

Fui yo quien depositó confianza en esa persona. Fui yo quien consideró que sus propuestas merecían una oportunidad. Fui yo, junto con millones de ciudadanos, quien le entregó temporalmente la posibilidad de tomar decisiones que afectan nuestras vidas. ¿Por qué esa confianza tendría que disminuir mi capacidad de exigir?

Sin embargo, muchas veces ocurre justamente eso. Nos volvemos extraordinariamente rigurosos con quienes están al otro lado y sorprendentemente comprensivos con quienes consideramos de los nuestros. Si el contrario toma una decisión cuestionable, encontramos rápidamente el principio que vulneró. Si la misma decisión la toma alguien cercano a nuestra posición política, comenzamos a buscar el contexto.

Quizá tuvo razones. Quizá no tenía alternativa. Quizá heredó el problema. Quizá debemos darle tiempo. Y claro que el contexto importa. Siempre importa. El problema aparece cuando solamente nos interesa el contexto cuando necesitamos justificar a los nuestros.

Hay una pregunta sencilla que intento hacerme y que probablemente todos deberíamos hacernos alguna vez: si exactamente esto lo hubiera hecho alguien del sector político contrario, ¿pensaría lo mismo?

La respuesta puede resultar incómoda. Pero precisamente por eso sirve. Porque si solo me indigna cuando lo hace el contrario, quizá nunca fueron principios.

Tal vez eran preferencias. Tal vez eran simpatías. Tal vez simplemente llevábamos puesta una camiseta. Y no creo que la democracia necesite más camisetas. Ya tenemos suficientes.

También está el asunto de cambiar de opinión. Parece que en política reconocer que uno pensaba diferente hace algunos años se hubiera convertido en una especie de confesión vergonzosa. “Pero usted antes defendía esto”. Sí. ¿Y?

La pregunta verdaderamente importante debería ser otra: ¿Por qué cambió de opinión?

Porque cambiar por conveniencia es una cosa. Cambiar dependiendo de quién tiene el poder es otra. Acomodar los principios para permanecer cerca del ganador también merece cuestionamiento. Pero cambiar porque uno aprendió algo, porque aparecieron nuevos hechos, porque una política produjo resultados diferentes a los esperados o simplemente porque la experiencia obligó a revisar una convicción no debería avergonzarnos.

Debería preocuparnos mucho más lo contrario. Imaginen descubrir que una idea que defendimos durante años estaba equivocada y decidir continuar defendiéndola solamente para que nadie pueda acusarnos de incoherentes. Eso no sería coherencia. Sería terquedad con buena publicidad.

La coherencia no consiste en pensar siempre lo mismo. Consiste en utilizar la misma vara para juzgar la realidad, incluso cuando esa vara termina cuestionándonos a nosotros mismos.

Quizá ahí comienza realmente el pensamiento crítico. No cuando encontramos contradicciones en las ideas del contrario. Eso es relativamente fácil. Comienza cuando estamos dispuestos a encontrarlas en las nuestras. Y todavía más difícil: cuando somos capaces de encontrarlas en las personas por las que sentimos simpatía.

Porque la política tiene una capacidad extraordinaria para convertir personas comunes en símbolos. Después convertimos esos símbolos en líderes y, algunas veces, terminamos convirtiendo a esos líderes en figuras que parecen estar por encima de aquello que originalmente defendíamos.

Entonces sucede algo extraño: ya no defendemos determinadas ideas porque creemos en ellas. Las defendemos porque las representa determinada persona. Y cuando esa persona cambia de posición, nosotros cambiamos detrás de ella. Cuando se equivoca, encontramos cómo justificarla. Cuando alguien la cuestiona, sentimos que también nos está cuestionando a nosotros.

Ahí dejamos de discutir sobre política y empezamos a discutir sobre identidad. Y una democracia construida alrededor de identidades irreconciliables termina necesitando héroes y villanos para explicar permanentemente la realidad.

Yo prefiero algo mucho menos emocionante, pero probablemente mucho más saludable: gobernantes. Simplemente gobernantes. Personas que reciben temporalmente poder, toman decisiones, aciertan, se equivocan, deben explicar sus actos y, finalmente, regresan a ser ciudadanos.

No necesitamos salvadores. Necesitamos instituciones que funcionen y ciudadanos que vigilen a quienes temporalmente las administran.

Por eso no considero contradictorio apoyar una decisión de alguien por quien nunca votaría, si considero que esa decisión es correcta. Tampoco debería resultar extraño cuestionar una decisión de alguien por quien sí voté.

Puedo reconocer. Puedo criticar. Puedo apoyar. Puedo exigir. Puedo mantener una idea. Y también puedo cambiarla. Lo único que no debería hacer es renunciar a evaluar.

Porque mi lealtad política no puede depender de la percepción que un grupo tenga sobre cómo debería pensar para seguir perteneciendo.

Mi lealtad no está con las personas. Está con los principios que considero correctos y con la realidad de la gente que termina viviendo las consecuencias de las decisiones políticas.

Y quizá esa sea también una forma diferente de entender nuestro voto. El día de las elecciones escogemos. Al día siguiente comenzamos a vigilar. Durante los siguientes años evaluamos. Y cuando nuevamente llegue el momento de votar, deberíamos hacerlo no solamente recordando lo que nos prometieron, sino confrontándolo con lo que realmente ocurrió.

Porque el ciudadano no está para ocupar la primera fila de los aplausos. Está también para hacer preguntas cuando los demás prefieren aplaudir.

Así que sí: puedo cuestionar a alguien por quien voté. Puedo reconocer algo bueno en alguien a quien nunca apoyaría electoralmente. Puedo descubrir que estaba equivocado. Y puedo cambiar de opinión cuando tenga razones para hacerlo.

Si alguna de esas cosas significa que traicioné a un político, a un partido o a una tribu política, puedo vivir con eso. Lo que no quisiera traicionar es mi capacidad de pensar.

Porque al final, mi voto expresa una preferencia, no una obediencia.

Mi voto entrega poder, no entrega mi criterio.

Y, sobre todo, mi voto no compra mi silencio.

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